Soy Sara, 47 años, recién divorciada y con un cuerpo que todavía da pelea (gracias al gym y a la genética, qué le vamos a hacer). La fiesta de egresados de mi hijo mayor fue el sábado pasado en unas cabañas enormes que alquilaron los padres. Había pileta, quincho gigante, música a full y como cincuenta pibes y pibas corriendo por todos lados con el gorro de egresados puesto. Yo estaba sentada sola en el fondo del terreno, en una de esas sillas de plástico blancas que nadie usa. Tenía un cigarrillo en la mano y miraba el humo subir mientras los chicos bailaban como monos cerca de la tarima. Las otras familias estaban todas en sus mesas, riendo, sacándose fotos, brindando. Mi hijo estaba ahí con sus amigos, feliz como una perdiz, y eso me ponía contenta de verdad. Pero yo… bueno, estaba con la cabeza hecha un lío. Hacía apenas cuatro meses que el inútil de mi ex había decidido que “necesitaba encontrarse a sí mismo” y me dejó con la casa a medio pagar, las cuotas del auto y...
Relatos escritos por y para lectores