Ojalá supiera por donde empezar a contar, aunque como siempre se dice en estos casos, hay que empezar por el principio, y el principio tiene nombre de mujer: Justina. Era su mote, claro, su nombre era bastante más largo que eso, pero todos la llamaban de esa manera. Os la describiré para que entendáis de lo que estoy hablando: era como Liz Taylor en su juventud, y que conste que lo digo literal. Pelo azabache como el de Liz, de facciones muy finas, sublimes en su sencillez, de rasgo delicado. Labios no grandes, y sí carnosos y sensuales, sonrosados. Sus ojos no eran violetas como los de Liz, más bien eran como verde azulados, dependía de la luz. Eran ojos honestos, de mirada serena, si bien podían clavarte al suelo y dejarte petrificado. Las piernas eran inacabables, largas y torneadas, sin rastro de celulitis ni varices ni nada de eso, y su pecho...firme, redondo, exuberante, colocado en su sitio...ya sé que parece que describo a una diosa más que a una mujer, pero es que no puedo ser...
Relatos escritos por y para lectores